Sobrevivo

Solo me costó la noche en vela. Mirando al infinito y apurando colilla tras colilla hasta que acabé de asimilarlo. Tanta pena… En realidad, poner punto y final va a ser díficil. O imposible. Tu droga engancha.

Son pasos desacompasados que en mi cabeza seguirán hoyando en paralelo un camino imaginario. ¿A dónde van? Me lo pregunto, y me respondo que a ninguna parte cuando entiendo, para volverlo a olvidar, que no van juntos. Siguiente parada en diez minutos.

La lucidez llega cuando la reclamo, pero de inmediato me abandona. Me quedo solo y pasan las horas, sin que duerma ni me acueste, mirando al infinito apurando cigarro tras cigarro. Si tú supieras…

Prefiero callar, fumar y darme palos. Recomponer los pedazos de esa armadura que quebraste y andar, seguir andando, incluso si no vas en paralelo. El camino se hará lento y daré tumbos. Deja que descanse en las farolas. Mira, qué remedio, hacia otro lado.

Porque clavarme en tus ojos es perderme, incluso si mi cerebro habla más rápido que yo para guiarme. Él va por libre y hace lo correcto, pero a veces… A veces no se lo tolero. No pregunta al corazón antes de hablar y eso me deja hecho añicos. Es puro hielo.

Tu conciencia, sin embargo, puede estar tranquila. Eres dulce e inocente, pero fuerte. Me gusta que sigas en tus trece. Quizá mañana yo agradezca lo que hoy recibe un tipo con más suerte.

A él… Le envidio. Te envidio y, aún así, voy a decirlo: eres el hombre más afortunado. Tienes la joya más valiosa, un rubí que brilla más que el fuego. No rompas ese corazón que ya es el mío. Si la hieres, me duele. Si la quieres… Bueno… Si la quieres, sobrevivo.

Dos copas de más

Los altavoces retumban. Mi corazón se acelera al pulso de ese doble bombo en tu presencia, paradójicamente silenciosa. La música ligera se revoluciona con un gintonic en la mano y tus ojos enfrente, alentando mi desfase desquiciante al caer la madrugada. Aparto la vista y a tu alrededor no hay nada. Nada que no sea tu rostro. Veo doble, incluso triple. Tu reflejo una y mil veces, borroso, antes incluso de apurar el primer vaso de tubo, helado y ardiente al mismo tiempo.

Me obligué a pensar que dos copas de más y algún mareo serían suficientes. Suficientes para no pensar que bebo porque no te veo, y al mismo tiempo te veo en todas partes. Omnipresente delirio de sonrisa encantadora, apasionada y apasionante, disfrazada de frases que pronuncias solo cuando él no está contigo. Ahora está muy lejos. Llévame de la mano hasta tu pecho y regálame una noche entre tus brazos. Adiós a mis principios. Yo me entrego.

Quiero que tu carmín me pinte el alma,

y que desnude las palabras

cuando se apaguen los luceros.

 

Quiero despertar en tu regazo,

perder el miedo a tus abrazos

y extraviarme entre tu pelo.

 

Gemidos al oído, susurrando,

y yo en el cielo, mientras tanto,

bordando besos en tu cuello.

 

Pronunciaré tu nombre a medianoche,

olvida todos los reproches

y dile adiós a tus recuerdos.

Se miran de reojo

Esta es la historia, cómo no, de un chico y una chica. Un hombre y una mujer que se buscan, se encuentran y se pierden cada amanecer y en cada madrugada. Se llaman y se esconden, aunque están al lado, callando lo que sienten tal vez por la razón equivocada. Quizá lo saben ambos, o puede que ninguno, pero se miran de reojo rezando para que, esta vez, sus ojos no sean el espejo del alma. Cruzan los dedos para que no se crucen sus miradas.

Él paga un castigo autoinfligido. En la lluvia de indirectas se refugió bajo el paraguas del sarcasmo, tratando de evitar el chaparrón. Un torrente de emociones amenazaba con llevarse por delante el armazón que lleva meses construyendo, desde la última tormenta. Ella es un huracán. Seductora y atrevida, de fuego hasta las puntas del cabello. Siempre tiene un comentario agudo, siempre una insinuación a tiempo. Él hace lo posible por salvar sus murallas, cimentadas con lágrimas, pero se siente cada vez más torpe y estúpido. La idea de levar los puentes resulta irresistible.

Ella presencia el espectáculo con cierta indiferencia. Se divierte. Le gusta sonreír con picardía cada vez que logra desarmarle. Pobre diablo, lo cierto es que lo logra casi siempre… De cuando en cuando, si él se aferra con daño a sus principios, cambian las tornas. Pero esas tristes victorias, en batallas que jamás quiso haber librado, saben a derrota casi siempre. El muro sigue en pie, maldito muro, y él no hace otra cosa que soñar secretamente con el día, bendito día, que ella consiga derribarlo. Jamás lo admitirá, pero está harto de ser el tipo honrado que se pone barreras a sí mismo.

Es difícil saber qué piensa ella. No es misteriosa o enigmática, ni falta que le hace. No necesita interpretar un papel porque, en cualquier función, ella es la estrella. Le viene de fábrica ser una princesa guerrera, el bombón más dulce con un toque picante y peleón. Si es difícil saber qué piensa es, quizá, porque libra dos guerras a la vez. Puede que no sepa muy bien cuál es su guerra. Puede que no imagine lo que hay detrás de esa muralla que intenta derribar. Puede que ni siquiera sea consciente de que está derribando una muralla. O puede, quién sabe, que vaya diez pasos por delante. Que sea todo una estrategia, que haya abandonado el otro frente y lo esté utilizando para despistarle a él, que ya no sabe ni por dónde le vienen los tiros.

Es la historia de ella y él, que aún no tiene prólogo. Forma parte del último capítulo de un cuento diferente, si es que está concluyendo, o tal vez es solo un comentario al margen. Es la historia de cómo un hombre y una mujer se buscan, se encuentran y se pierden cada amanecer. Solo él se pierde cada madrugada. Ella llama y él se esconde, y a veces al revés, aunque están al lado. Él calla lo que siente por la razón equivocada, y ella aprovecha su silencio para hablar, sin conocer los sentimientos que hay detrás de cada palabra que no se ha pronunciado.

Mientras tanto, lo sepan ambos o ninguno, se miran de reojo. Rezan para que, esta vez, sus ojos no sean el espejo del alma. Cruzan los dedos para que no se crucen sus miradas.

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