Se miran de reojo

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Esta es la historia, cómo no, de un chico y una chica. Un hombre y una mujer que se buscan, se encuentran y se pierden cada amanecer y en cada madrugada. Se llaman y se esconden, aunque están al lado, callando lo que sienten tal vez por la razón equivocada. Quizá lo saben ambos, o puede que ninguno, pero se miran de reojo rezando para que, esta vez, sus ojos no sean el espejo del alma. Cruzan los dedos para que no se crucen sus miradas.

Él paga un castigo autoinfligido. En la lluvia de indirectas se refugió bajo el paraguas del sarcasmo, tratando de evitar el chaparrón. Un torrente de emociones amenazaba con llevarse por delante el armazón que lleva meses construyendo, desde la última tormenta. Ella es un huracán. Seductora y atrevida, de fuego hasta las puntas del cabello. Siempre tiene un comentario agudo, siempre una insinuación a tiempo. Él hace lo posible por salvar sus murallas, cimentadas con lágrimas, pero se siente cada vez más torpe y estúpido. La idea de levar los puentes resulta irresistible.

Ella presencia el espectáculo con cierta indiferencia. Se divierte. Le gusta sonreír con picardía cada vez que logra desarmarle. Pobre diablo, lo cierto es que lo logra casi siempre… De cuando en cuando, si él se aferra con daño a sus principios, cambian las tornas. Pero esas tristes victorias, en batallas que jamás quiso haber librado, saben a derrota casi siempre. El muro sigue en pie, maldito muro, y él no hace otra cosa que soñar secretamente con el día, bendito día, que ella consiga derribarlo. Jamás lo admitirá, pero está harto de ser el tipo honrado que se pone barreras a sí mismo.

Es difícil saber qué piensa ella. No es misteriosa o enigmática, ni falta que le hace. No necesita interpretar un papel porque, en cualquier función, ella es la estrella. Le viene de fábrica ser una princesa guerrera, el bombón más dulce con un toque picante y peleón. Si es difícil saber qué piensa es, quizá, porque libra dos guerras a la vez. Puede que no sepa muy bien cuál es su guerra. Puede que no imagine lo que hay detrás de esa muralla que intenta derribar. Puede que ni siquiera sea consciente de que está derribando una muralla. O puede, quién sabe, que vaya diez pasos por delante. Que sea todo una estrategia, que haya abandonado el otro frente y lo esté utilizando para despistarle a él, que ya no sabe ni por dónde le vienen los tiros.

Es la historia de ella y él, que aún no tiene prólogo. Forma parte del último capítulo de un cuento diferente, si es que está concluyendo, o tal vez es solo un comentario al margen. Es la historia de cómo un hombre y una mujer se buscan, se encuentran y se pierden cada amanecer. Solo él se pierde cada madrugada. Ella llama y él se esconde, y a veces al revés, aunque están al lado. Él calla lo que siente por la razón equivocada, y ella aprovecha su silencio para hablar, sin conocer los sentimientos que hay detrás de cada palabra que no se ha pronunciado.

Mientras tanto, lo sepan ambos o ninguno, se miran de reojo. Rezan para que, esta vez, sus ojos no sean el espejo del alma. Cruzan los dedos para que no se crucen sus miradas.

Lo que no viste

Te voy a contar lo que pasó por mi cabeza. Estabas presente, sí, pero solo viste una parte de lo que sucedía en aquella minúscula habitación. Hay otra que yo me perdí, pero esa solo tú puedes contarla. Ojalá quisieras… Mientras tanto, te voy a decir lo que no viste, lo que cruzaba mis neuronas mientras te acercabas hasta casi rozar mis labios y, acto seguido, te alejabas de mí como un abismo en cinco metros cuadrados. Lo reconozco: a mí me temblaba hasta la vista.

Yo llegaba soñado y bien soñado, con muchos pájaros en la cabeza. Llevaba semanas dando vueltas a todo, me había protegido en lo posible contra los vuelcos que pudiera dar mi corazón. Se sobresalta con facilidad cuando estoy a tu lado. Tu aroma, tu sonrisa, tu voz, tu presencia hasta en silencio es suficiente. Lo sé, y hago lo que puedo por calmarlo, consciente de que un paso en falso puede ser el comienzo de un largo viaje a la deriva. Otro naufragio. Lo intenté calmar aquella tarde, con éxito o sin él, según se mire. Estaba inmóvil por fuera y agitado por dentro, tratando de hilvanar alguna frase más o menos coherente mientras mi cerebro daba tumbos, incapaz de procesar tu hermosura. Solo me salían piropos, pero ninguno escapó como un suspiro. Menos mal… O no, según se mire.

Tú estuviste encantadora, arrebatadora, quizá algo nerviosa pero decidida. Me llevaste de la mano por un sendero que ansiaba recorrer, pero me quedé de piedra. Quería andar contigo, sí, y lo sigo deseando febrilmente, pero soy incapaz de hacerlo con la sombra de quien también camina a tu lado. No imaginas el valor que aspiraría de una sola bocanada sin la imagen de un presente tuyo en el que no soy nada. Sería el más temerario, el hombre más feliz y valeroso del mundo. Pero esa sombra estuvo allí en todo momento, sobrevolando, y me robó las palabras. Mi coraza se partió, me atravesaste, pero supe fingir que estaba resistiendo el golpe. Lo siento mucho. Ahora, ya sin coraza, lo lamento.

Lamento no haber podido ser yo mismo. Lamento haberte colocado en una encrucijada, o colocarte – quizá – si llegas a leer estas palabras. Lo que no lamento es lo que está en mi pecho. A tu lado me siento verdadero, honesto, sincero. Siento una conexión extraña y única que me gustaría sentir por mucho tiempo. Siento también un ansia egoísta de acabar con lo que nos separa, pero no está en tus planes renunciar a ello. Sé que el puente se hundiría si quisiera obligarte a cruzarlo. Por eso me contengo.

No vas a encontrar en mí a un galán precipitado. Yo no soy eso. Seguiré volcando en estas líneas mis anhelos, pacientemente, hasta que sea el momento. No tengo prisa. Tú vas a seguir siendo la misma chica pizpireta y preciosa que un día me enredó sin remedio, en una habitación minúscula. La chica que ya estaba en mis sueños. La misma que esa tarde se coló también en mis desvelos y conquistó, a golpe de sonrisa, mi presente y mi futuro.

Esto es lo que tú no viste. Si hay algo que yo no viera, estoy aquí. No hay prisa, seguiré aquí por mucho tiempo.

La palabra mágica

Ya no hay café que me despierte,

vivo en un sueño sin mañanas,

contando el tiempo para verte

con una frase enjaretada.

 

Vivo en espera permanente,

buscando la palabra exacta,

procrastinando hasta lo urgente,

pensando solo en tu mirada.

 

Hay un abismo entre tus labios

y estos labios que se desatan,

un agujero interminable

que voy llenando con palabras.

 

Mas no hay poesía que rellene

este vacío de mi alma.

Soy verso suelto en tus estrofas,

me falta una palabra mágica.

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